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Carlos Rey
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Carlos Rey2026-06-17 00:45:432026-06-17 00:51:48Por no tocar la pelotaDesde el día en que un niño recibe a Balompié como regalo de cumpleaños de parte de su papá, lo lleva consigo a jugar cada oportunidad que se le presenta. Lo que más desea su padre es verlo competir y triunfar en el deporte del que ha sido fanático desde su propia niñez. Así que decide matricularlo en una escuela de fútbol, confiado en que le ha de servir de mucho al hijo.
Un sábado por la mañana en que va a recogerlo, el niño está muy emocionado por lo que tiene que contarle:
—¡Papá, hoy en el partido de entrenamiento hice dos goles!
—¡Qué bien, hijo! ¡Te felicito! ¿Y cómo terminó el partido?
—¡Perdimos 2 a 0!
El siguiente sábado, cuando el padre lo recoge, el niño le informa muy complacido:
—¡Papá, papá, hoy el entrenador me dijo que yo era promesa de gol!
—¡Qué bien, hijo! —le contesta el padre, orgulloso—. ¿Y en qué puesto jugaste?
—De arquero.
Ante esto el padre, porque quiere mucho a su hijo, no lo desanima por el doble sentido que sólo él ha comprendido, pero no puede dejar de pensar que sin duda el cambio de puesto se debe a los dos autogoles que marcó la vez pasada.
Pasan los años, y el padre no deja de tener fe en el futuro de su hijo como jugador de fútbol. Con la capacitación de aquel experto entrenador, tal vez hasta llegue a ser profesional. Así que después de uno de los entrenamientos en que ha podido ir a ver jugar a su hijo, le pregunta al entrenador:
—¿Qué le parece mi hijo?
—A decir verdad, es un jugador muy prometedor.
—¿Así de bueno? —pregunta el padre, pensando lo mejor.
—En realidad, no —lo desinfla el profe—. Hace tres años que me viene prometiendo que va a jugar mejor.
Esta ocurrencia de Bolompié FJB, en que termina tan desinflado Balompié como el padre de aquel niño, nos lleva a pensar en las innumerables veces que, en el juego de la vida, le prometemos a nuestro Entrenador divino, que es a la vez nuestro Padre celestial, que vamos a jugar mejor. En otras palabras, que vamos a cometer menos faltas; a jugar más limpio, más bonito y en equipo, con menos egoísmo; y a meterle más goles al enemigo y a no dejarle que nos meta más goles a nosotros. De ahí las grandes resoluciones cada Año Nuevo.
¿Acaso con esas promesas somos capaces de desinflarlo a Él como nuestro Padre y Maestro? ¡Claro que no! Él sabe —por infinita experiencia— que vamos a fallar. Nos ama entrañablemente y quiere vernos triunfar, tal como el padre de esta ocurrencia con relación a su hijo. Y lo que más espera que mejoremos es la relación que tenemos con Él. En otras palabras, que lo consultemos a diario y le pidamos no sólo ayuda sino también perdón con más frecuencia, y que le tengamos más confianza, conscientes de que no hay otro Profe en el mundo más digno de nuestra confianza. ¿Qué esperamos? ¿Que llegue el próximo Año Nuevo?








