¿Vale la pena hacer teatro?
15 Jul. 2026|Por:Carlos Rey|FanJuegoBonito.COMico|Temas:Balompié FJB, Humor futbolero, Árbitros
Balompié está interviniendo en un partido, como siempre le toca, no sólo a merced de los jugadores de los dos equipos contrarios sino también del árbitro. Pero lo que compensa es que sabe que tiene el puesto de mayor privilegio para presenciar todo lo que está por ocurrir entre las partes en perpetuo conflicto.
Es que no ha comenzado aún el partido y sin embargo los futbolistas de los dos equipos adversarios (las dos partes que están jugando) y sus entrenadores (la tercera parte y la cuarta), así como los fanáticos de ambos equipos que los están viendo jugar (la quinta parte y la sexta) están de acuerdo —y conste que es prácticamente lo único en lo que van a concordar— en que el árbitro (la séptima parte) es la personificación misma de la arbitrariedad. ¿Acaso no es por eso que se le llama árbitro?
De modo que sucede lo que tiene que suceder: hay una sucesión de acciones que los fanáticos no dejan de protestar y chiflar. No bien comienza a rodar Balompié cuando uno de los rivales le hace un pase desviado a su compañero que el jugador que lo está marcando trata de interceptar; pero como los dos llegan al mismo tiempo, Balompié sale por la raya lateral, ¡y el árbitro no le concede el saque de banda al último que tocó a Balompié sino al primero que lo agarra y hace ademán de sacar! "¡Vuelve y juega!", piensan los enojados fanáticos, y empiezan a vociferar.
De ahí en adelante, las cosas van de mal en peor. Ocurre una jugada tras otra que aquel juez arbitrario frena en seco por juzgar que es una falta. Tanto es así que uno de los jugadores más agresivos, al que el árbitro ya le ha mostrado una tarjeta amarilla, se niega a salir del campo cuando le muestra la segunda, ¡alegando que no es la segunda sino la misma de antes! Y para colmo de males, en vez de pedir clemencia, ¡insulta al juez diciéndole que la razón por la que ha levantado el brazo completamente para mostrarle la tarjeta roja no es por la confianza que tiene en sí mismo sino en su desodorante!
Sigue rodando Balompié, y los delanteros de parte y parte, buscando que el árbitro castigue con tarjeta al defensa que les ha hecho una falta, no dejan de fingir dolor intenso. Ellos saben que el juez no le va a sacar la amarilla al supuesto agresor a menos que haya provocado una interpretación teatral digna de un Óscar.
Y como es de esperarse —porque es una acción imprescindible en todo juego—, un delantero se cae dentro del área chica y, como lo que pretende es que el árbitro sancione el penalti, se asegura de que la caída sea lo más aparatosa posible. Él sabe que ningún árbitro —y mucho menos éste— sanciona meros desplomes. Sólo que, al parecer, no comprende que si el farsante ha cobrado fama por la excelencia y frecuencia de sus piscinazos, es probable que el árbitro le muestre más bien tarjeta a él por simular un clavado olímpico.
Ahora sí sucede lo que nadie pudo prever. El árbitro —porque es uno de esos hombres que no deja que nadie lo vacile y salga impune— no sanciona tiro penal sino "tiro por la culata", eso sí, pero ¡se pone tan furioso por ese insulto a su inteligencia que pita con tanta fuerza y soltura que luego, en vez de soltar el pito, se lo traga! Ante eso, Balompié a duras penas resiste las ganas de decirle con urgencia: "¡Saque la tarjeta roja para expulsar a ese tipo, y aprovéchela de una vez para expulsar el pito!" Y tanto los dos equipos adversarios como sus fanáticos, por sus respectivas partes, se ponen milagrosamente de acuerdo una vez más e interpelan a la FIFA diciendo: "¿No sería digno y justo que por acuerdo unánime los jugadores y entrenadores pudieran expulsar de inmediato a un árbitro?"1
¡Qué pena debiera darnos de increpar a tal grado a los pobres árbitros! Por supuesto, no tanta si lo hacemos en broma. Y sin embargo muchos lamentablemente increpamos y cuestionamos muy en serio la integridad del Juez Supremo de nuestra vida, ¡y somos capaces de hacerlo sin reconocer que Él es el único verdadero Sabelotodo y que no sólo hace lo imposible sino que es imposible engañarlo!
Gracias a Dios, Él no solamente lo sabe todo, sino que comprende como nadie nuestra condición, porque fue quien nos creó con libre albedrío, es decir, con la capacidad, por una parte, de cometer faltas, y por la otra, de no faltarle sino amarlo de todo corazón. Lo único que hace falta es que cada uno de nosotros reconozca, a título personal, que lo digno y justo en este juego de la vida no es expulsarlo a Él como nuestro Árbitro sino aceptarlo como nuestro Juez amoroso que sabe lo que más nos conviene y desea siempre fallar a favor nuestro. Si eso sucede, entonces juzgaremos que esta ocurrencia de Balompié FJB realmente habrá valido la pena.
1 Inspirado por, y adaptado de, Daniel Samper Pizano, Ni atacar ni defender, sino todo lo contrario: Las leyes ocultas del fútbol (Bogotá: Editorial Planeta Colombiana, 2005), pp. 91-99.

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